Tras un apresurado saludo las dos sombras continuaron su camino y entraron al lugar y Melinda continuó fuera, recogiendo el rocío de la noche. El antiguo novio de Melinda, Bucebel, y su amigo Judas en ocasiones llegaban a aquel parque nocturno donde se reunían muchas pandillas. Por fin Melinda entró a reunirse con sus amigos.
Ya no le dolía, ya no le importaba, ya no había nada. Bucebel le había regalado poco más que los peores momentos de toda su vida. Por eso cuando él se acercó para ofrecerle un refresco ella volvió a explicarle una vez más por qué ella y él ya ni siquiera podían ser amigos, y ella se sorprendió al descubrir la resignación y la deportividad con que asumió la derrota, incluso aceptándola con una sonrisa. Sin embargo al poco él se marchó. Los pasos de Bucebel eran ahora como los de un corredor de maratón. Ella sólo le dijo adiós.
Comenzaba a asomarse el día por el horizonte. En el momento de la despedida dijeron que volverían a verse. En sus ojos las miradas se cruzaban en despedidas calladas, pues jamás Bucebel les permitiría aquella locura. Y no hubo ni llanto ni risas, tampoco más abrazos ni besos. Bucebel con su existencia había cerrado aquel camino. Aquellas posibilidades perdidas ya en el mundo de lo imposible quedaron escritas en el rinconcito que Melinda tenía reservado para los recuerdos en su corazón. Y mientras los pasos de uno se alejaban inexorablemente de los del otro dirigiéndose en direcciones opuestas el corazón de Melinda, por primera vez en mucho tiempo, no sangró, no dolió, no lloró. Simplemente quiso avanzar sin volver la vista atrás. Y le odió, odió a Bucebel por seguir poniendo límites en su vida incluso estando fuera de ella. Si, aquello era prohibido y Judas se arrepintió después de entregar a su maestro por unas monedas, pero Bucebel, ella lo sabía, podría haber sido capaz de traicionar sin remordimientos, llenando el aire de mentiras torpes y seleccionando la realidad según su propia conveniencia. Mientras tanto ellos, que se habían cruzado precisamente en ese momento, vete tú a saber por qué, se sentían obligados por sus convicciones morales a negar incluso la posibilidad de descubrir qué era aquello. Y a Melinda se le escapó entonces una lágrima, pero no de tristeza, sino porque sus ojos habían sido heridos por el primer rayo de sol.

triste pero muy cierto! me gusto gracias por compartir amiga me identifico con tu historia, muchas gracias!
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